Los casos de Turquía, Corea del Sur y Japón muestran que la cultura no solo entretiene: también abre mercados, atrae inversiones y fortalece la imagen de un país. Chile tiene un enorme potencial en ese terreno, pero todavía parece no comprenderlo.
Mientras en Chile muchos veían las teleseries turcas como un simple fenómeno televisivo pasajero, Turquía estaba ejecutando una política de Estado. Lo que comenzó con éxitos como “Las Mil y Una Noches”, “Fatmagül” o “El Sultán” terminó convirtiéndose en una poderosa herramienta para promover el turismo, atraer inversiones, fortalecer relaciones comerciales y proyectar la imagen del país en el extranjero. La cultura fue el primer embajador.
Hace algunos días, El Mercurio publicó un reportaje que muestra cómo ese fenómeno terminó favoreciendo un intercambio comercial entre Chile y Turquía que hoy bordea los mil millones de dólares anuales. Las teleseries fueron mucho más que un éxito de audiencia: funcionaron como un auténtico caballo de Troya para abrir puertas económicas y diplomáticas.
Ese fenómeno tiene nombre: soft power.
El politólogo estadounidense Joseph Nye definió el soft power como la capacidad de un país para influir en otros mediante la atracción y la persuasión, en lugar de la fuerza militar o la presión económica. Es la capacidad de conquistar admiración antes que imponer condiciones. Cuando una cultura resulta atractiva, genera confianza, curiosidad e interés, y esa buena imagen termina facilitando relaciones comerciales, diplomáticas e incluso políticas.
La industria cultural es probablemente la herramienta más poderosa para construir ese tipo de influencia. Estados Unidos lo consiguió con Hollywood; Japón con el animé y el manga; Corea del Sur con el K-Pop y los K-Dramas; India con Bollywood; Reino Unido con fenómenos como The Beatles, Harry Potter y James Bond. Antes de vender productos, esos países lograron que el mundo quisiera mirar hacia ellos.
Turquía siguió exactamente esa estrategia. Primero exportó historias, personajes y paisajes. Después llegaron los turistas, los inversionistas y los negocios.
Primero la cultura, después los negocios
El caso turco obliga a mirar la cultura desde una perspectiva distinta. Muchas veces se la presenta como un lujo o un gasto prescindible, cuando en realidad constituye una inversión estratégica de largo plazo.
Cada película, serie, libro, canción o programa exitoso funciona como una carta de presentación internacional. Muestra paisajes, costumbres, formas de hablar, gastronomía e identidad. Despierta curiosidad. Hace que personas de otros países quieran visitar ese lugar, aprender su idioma o hacer negocios con él.
La cultura no reemplaza a la economía, pero puede abrirle el camino.
Chile también tiene un enorme capital cultural
Nuestro país dispone de activos culturales extraordinarios.
En literatura aparecen nombres como Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Isabel Allende y Roberto Bolaño.
En música figuran Violeta Parra, Víctor Jara, Los Jaivas, Inti Illimani, Quilapayún, Illapu, Los Bunkers, Mon Laferte y, más recientemente, una generación de artistas urbanos que ha conseguido enorme repercusión internacional.
En televisión destacan fenómenos como 31 Minutos, “Sábados Gigantes”, el Festival de Viña del Mar y las teleseries chilenas. Especialmente relevante resulta el caso de 31 Minutos. El Tiny Desk y su reciente show gratuito en el Zócalo de la Ciudad de México posicionaron al programa de la productora APLAPLAC como un fenómeno de la cultura pop de habla hispana perfectamente comparable al de Chespirito. Tulio, Bodoque, Patana y compañía son «soft power» puro y duro, y Chile se lo está farreando.
A ellos se suman un personaje universal como Condorito y Pedro Pascal, probablemente el rostro chileno con mayor reconocimiento mundial de la actualidad.
Todos ellos, desde ámbitos distintos, proyectan una imagen del país mucho más poderosa que muchas campañas institucionales de promoción internacional.
Una oportunidad poco aprovechada
Sin embargo, Chile parece no haber comprendido plenamente el potencial estratégico de su industria cultural.
Da la impresión de que buena parte de las figuras chilenas con mayor proyección internacional provienen del mundo artístico y creativo, mientras que muchos sectores empresariales y políticos continúan viendo la cultura únicamente como un gasto fiscal o un espacio de disputa ideológica. Esa desconexión termina impidiendo que el país aproveche plenamente un activo que podría fortalecer tanto su imagen internacional como sus oportunidades económicas.
No se trata de compartir las ideas políticas de un artista. Se trata de comprender que cuando una creación chilena triunfa en el extranjero, el país completo gana visibilidad.
Pensar más allá del corto plazo
Esta discusión adquiere especial relevancia cuando se anuncian recortes presupuestarios en cultura o cuando la televisión abierta abandona progresivamente la producción original para reemplazarla por repeticiones, programas envasados o franquicias extranjeras.
Esas decisiones pueden ser comprensibles desde una lógica financiera de corto plazo, pero también reducen las posibilidades de crear las obras que mañana podrían transformarse en nuevos embajadores culturales de Chile.
Una industria cultural sólida genera empleo, impulsa la innovación, fortalece la identidad nacional y proyecta al país hacia el exterior. No es simplemente entretenimiento.
Una inversión de futuro
Turquía no comenzó exportando infraestructura ni proyectos industriales. Primero exportó teleseries. Corea del Sur conquistó al mundo con canciones y dramas antes de consolidarse como potencia tecnológica. Japón hizo algo similar con el animé y el manga.
Chile posee talento suficiente para recorrer un camino parecido. Lo que se necesita es comprender que la cultura no constituye un lujo reservado para tiempos de abundancia, sino una inversión estratégica capaz de abrir puertas en ámbitos tan diversos como el turismo, el comercio, la diplomacia y la imagen internacional.
Porque, al final, las grandes historias no solo entretienen. También construyen prestigio, generan oportunidades y pueden convertirse en la mejor carta de presentación que un país tiene ante el mundo.















