Reflexión en torno al momento de Luli: el ascenso social es mucho más que ganar plata

El “sueño americano” de Nicole Moreno (Luli) está viviendo una crisis brutal. La figura de la farándula criolla está bebiendo de un cáliz sumamente amargo. Su único hijo, aún menor de edad, está involucrado en un cruento hecho de sangre que dejó una víctima hospitalizada y en riesgo vital producto de los balazos propinados por uno de sus acompañantes. La modelo se vio obligada a entregar a su retoño a la justicia, la que decidió internarlo en un centro del SENAME mientras dure la investigación por considerarlo “un peligro para la sociedad”.

Las evidencias apuntan a que el muchacho en cuestión está evidentemente “maleado”. Circula en internet un video donde él junto a su tío (hermano de la modelo) reivindican una agresión a la última ex pareja de su madre usando vestimentas y lenguaje claramente «flaite». Por otra parte, se filtraron audios en donde el joven reivindica y hasta se jacta del atentado por el cual lo tienen preso. Esto es bastante más que un adolescente “jugando al maleante” como parte de la búsqueda de su identidad. El chico frecuenta a gente turbia (sus dos acompañantes en el atentado eran mayores de edad con antecedentes policiales) y su entorno familiar o no ha sido capaz de protegerlo de las malas compañías, o derechamente es parte también de ese ambiente tóxico.

Como era de esperarse, se le ha visto triste y compungida. Por mucho que sea estratégicamente conveniente para su destino judicial, para ninguna madre es fácil entregar a un hijo con el fin que lo procesen judicialmente. Se le ha visto en tribunales vestida como para ir a una disco, lo que revela una falta de manejo comunicacional. Entre medio de trámites judiciales y compromisos laborales, ha dejado entrever que su familia está amenazada de muerte.

Este no es un tema de pobreza, cultura ni origen social. Existen familias pobres muy dignas y decentes, con hijos respetuosos y educados; y hay hijos de familias de «alta alcurnia», forradas en plata y con acceso a la mejor educación que el dinero puede pagar que se han mandado embarradas iguales e incluso peores. Hace poco se conoció el caso de un hijo de la diputada Ximena Ossandón que fue entregado por su propia madre a la justicia luego de participar en una riña. Ni hablar de Martín Larraín, el hijo del ex Senador Carlos Larraín que atropelló a un transeúnte conduciendo en estado de ebriedad, y que logró zafar de una merecida condena de forma bastante discutible. Aquí el tema es de un entorno turbio y de un ambiente familiar débil o también turbio. Hay preguntan quemantes que hacerse ¿A qué clase de personas frecuentan Nicole Moreno y sus cercanos?, y peor aún ¿acaso son parte de ese ambiente tan tóxico y sórdido?

En dos artículos anteriores destaqué la manera en que Luli había logrado “ganarle a la vida” y lo que representaba eso en términos de “ascenso social”. Este tema me lleva a reflexionar respecto al verdadero significado de “ascender socialmente”, que va mucho más allá de forrarse en dinero, propiedades y bienes materiales. Crecer socialmente también significa crecer en lo cultural, en alma, en valores, en frecuentar otro tipo de ambientes y lograr que tus hijos tengan un mucho mejor punto de partida en la vida que el que tuviste tú. Luli se llenó de plata y armó un pequeño imperio, pero al parecer no salió mentalmente del precario ambiente donde se crió, y no supo sacar a los suyos de ahí. Claramente el hijo se le fue de las manos. Se sacó la cresta trabajando para asegurarle que no le faltara nada material, pero (y quizás por eso mismo), no estuvo cerca de él para guiarlo, y los que tenían que ayudarla en esa labor le fallaron estrepitosamente.

Ahora todo depende de cómo transcurra el proceso, donde una condena carcelaria está dentro de las posibilidades. Sea como sea, si a ese chico no lo sacan del ambiente nauseabundo que frecuenta, va directo y sin escalas a transformarse en un nuevo «Cisarro». Sinceramente, dudo que un centro del ultra cuestionado SENAME sea el lugar indicado para rehabilitarlo. Están aún a tiempo de sacarlo de la espiral de la delincuencia.

Luli, aunque no lo vea, está en una brutal encrucijada existencial. Su imagen de “chica ingenua” se fue al basurero ¿Cómo sostenerla con un hijo preso y con juntas de dudosa reputación? ¿Podrá mantener su carrera mediática y su imperio económico? ¿Cómo lo manejará en lo psicológico, más aun conociendo los frecuentes problemas que ha tenido en ese aspecto y sin un entorno sano que la apañe? Dios quiera que, por el bien de ella y su hijo, la sepa hacer.

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