La televisión abierta chilena fue durante décadas una potencia en producción dramática. Las teleseries movilizaban grandes presupuestos, descubrían actores, instalaban temas de conversación y competían ferozmente por la audiencia.
Hoy, ese panorama parece cada vez más lejano. A la fecha, solamente Mega mantiene una producción estable de teleseries originales, mientras el resto de los canales ha optado por una estrategia mucho más conservadora: recurrir a contenidos ya probados, ya sea del extranjero o de sus propios archivos.
La diferencia es significativa. Mientras Mega sigue apostando por producciones como «Los Casablanca», «El Jardín de Olivia», «Al Sur del Corazón» y «Aguas de Oro», además de remakes de éxitos históricos como «Amores de Mercado» y «El Señor de la Querencia», los demás actores de la industria parecen haber abandonado la carrera. Mantener un área dramática como las de antaño se ha transformado en un lujo que pocos pueden permitirse.
La explicación es principalmente económica.
Producir una teleserie exige equipos numerosos, locaciones, actores, guionistas, directores y meses de trabajo. En una industria que enfrenta restricciones presupuestarias y una audiencia fragmentada entre múltiples plataformas, la apuesta se ha vuelto cada vez más riesgosa. El margen para equivocarse es mínimo y los canales necesitan resultados inmediatos.
Por eso resulta lógico que muchos ejecutivos prefieran apostar por contenidos conocidos. TVN ha encontrado buenos resultados reemitiendo clásicos de su catálogo, como «La Fiera» y «Pampa Ilusión», además de importar producciones extranjeras como «Moisés y los 10 Mandamientos» y «Avenida Brasil». El fenómeno de «Moisés» es particularmente revelador: una teleserie brasileña ya emitida, con una historia conocida y sin ninguna novedad aparente, logró competir e incluso superar en algunos momentos a una propuesta nueva y mucho más costosa como «El Desestrece». Canal 13 también ha intentado aprovechar esa lógica recurriendo una vez más a «Yo Soy Betty, la Fea», aunque con resultados más discretos.
La economía explica una parte del fenómeno. La otra tiene que ver con la audiencia. Buena parte del público que todavía consume televisión abierta mantiene una relación muy fuerte con los contenidos del pasado. Los programas de Chespirito, las repeticiones del «Jappening con Ja» o los refritos de «Sábados Gigantes» siguen obteniendo niveles de audiencia que muchas producciones actuales envidiarían. Existe una preferencia evidente por lo familiar, por aquello que ya fue probado y validado.
Producción de teleseries en un punto muerto
Ante el escenario descrito, la pregunta es inevitable: ¿Para qué invertir millones en una producción nueva, cuyo resultado es incierto, cuando se puede obtener una audiencia razonable recurriendo a una teleserie que ya demostró su éxito? Desde la lógica empresarial, explotar el catálogo parece una decisión perfectamente racional.
Sin embargo, esta estrategia tiene consecuencias. Durante décadas, las teleseries fueron mucho más que un producto de entretención. Constituyeron una de las principales expresiones de la industria audiovisual chilena. Generaban empleo, desarrollaban talento creativo y ayudaban a construir identidad cultural. Cada producción representaba una apuesta artística e industrial que movilizaba a cientos de personas.
Por eso resulta difícil imaginar que la ficción televisiva pueda desaparecer por completo. Lo más probable es que simplemente esté cambiando de lugar. Ya se observan señales de esa transición. Por una parte, los canales han comenzado a experimentar con teleseries verticales, historias breves diseñadas para el consumo en teléfonos móviles y plataformas digitales. Son producciones más económicas, pensadas para hábitos de consumo muy distintos a los que dieron origen a las teleseries tradicionales.
Nuevos rumbos
Por otra parte, cada vez parece más probable que las grandes producciones dramáticas migren hacia plataformas de streaming o productoras independientes. Allí existen mayores posibilidades de financiamiento, más libertad creativa y la opción de alcanzar mercados internacionales. En ese contexto, la televisión abierta deja de ser el principal hogar de la ficción nacional.
Quizás el verdadero debate no sea si las teleseries están muriendo, sino dónde se seguirán haciendo. Porque la ficción chilena continúa existiendo, pero la televisión abierta ya no parece capaz de sostenerla como lo hizo durante sus años dorados.
La época en que varios canales competían simultáneamente por producir las mejores teleseries parece haber quedado atrás. Hoy la industria privilegia la seguridad por sobre el riesgo, la nostalgia por sobre la innovación y los contenidos probados por sobre las apuestas originales. Mientras tanto, las nuevas formas de producción y distribución avanzan silenciosamente.
Las teleseries no están desapareciendo. Lo que está desapareciendo es el modelo de televisión que las convirtió en el corazón de la pantalla chilena.














