En entrevista con Revista Velvet, Amparo Noguera recordó a su padre a casi dos meses de su muerte. La actriz reconoció que este duelo fue impactante debido a la vitalidad que mostraba el actor pese a su edad y enfermedad.
El pasado 28 de octubre, el mundo de la actuación y el espectáculo lloró la partida de Héctor «Tito» Noguera, quien falleció producto de un cáncer que lo aquejaba. Convertido uno de los actores más destacados de nuestro país y querido por la audiencia, recibió emotivos homenajes en su funeral.
A casi dos meses de su partida, su hija Amparo reflexiona que «al final la vida sigue igual, inevitablemente sigue igual… y uno tiene que buscársela. Pero creo que no hay que confundir el concepto de que la vida sigue con la ausencia del dolor que aquello implica», dice, recordando una escena de la película «La Mujer de la Fila».
«Rabia con la muerte no tengo. Miedo, sí. Creo que tengo miedo a que la muerte se trate de sentirse mal físicamente, del dolor. Eso no me gusta. Creo que es importante tener una ley de eutanasia. Qué alivio sería vivir en un país que tuviera esa ley», agrega la actriz.
El 29 de octubre, en el Templo Mayor del Campus Oriente de la Universidad Católica, Amparo participó en el funeral de su padre Héctor Noguera. Con la voz rota, lo despidió deseándole que encuentre respuestas y citando a Calderón de la Barca: «Que la vida es una ilusión, y que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son».
«No se murió de viejo, murió de cáncer»
Dos días antes de la muerte de su padre, el perro más cercano de Héctor Noguera, Clarín, murió de un edema pulmonar. «Teníamos que sacrificarlo porque estaba viejo y sufriendo, pero fue sabio y partió antes. Mi papá estaba con metástasis en los pulmones y no entiendo esa coincidencia, cómo son los perros», dice Amparo. Pero a los segundos aclara algo que dirá varias veces: «mi papá tenía 88 años. No se murió de viejo, se murió de cáncer».
Amparo también comparte durante la entrevista un poco cómo era la relación tan estrecha y el cariño que le tenía a su padre. «Con él aproveché de hacer algo que con mi mamá hice menos, y que entendí mucho después: tocarlo. Tocarlo. Hacerle cariño, tomarle la mano, hacerle masajes, tocarlo. Y entender el valor de estar con él mientras él estuviera. Se murió súper acompañado por su familia. Muchos amigos dejaron de ir a verlo de un momento en adelante. Por eso entendí el valor del contacto, lo encontré, y la paz con la decisión del otro, de su decisión con respecto a la muerte».
















