Francisco Melo confiesa su disconformidad con el desenlace de “Romané”: “Éste fue un final clase B”

El actor fue uno de los últimos invitados al podcast “Impacto en el Rostro”, transmitido por Spotify y Youtube. En la conversación, el intérprete realizó un recorrido por sus personajes de televisión desde “Top Secret” (Canal 13, 1994) hasta “Isla Paraíso” (Mega, 2019). A continuación, parte de la entrevista.

¿Cómo llegaste a tu primera teleserie, “Top Secret”?
Llegué haciendo casting en Canal 13. No me acuerdo dónde fue la convocatoria ni mucho menos, pero hice un casting y finalmente quedé. Hubo dos hitos importantes, el primero, haber trabajado con Óscar Rodríguez, que fue la única vez que trabajé con él y recuerdo que fue tremendamente amable. Yo hacía un personaje enanísimo, un bolo con continuidad, y que fue creciendo un poco. Le inventaron una historia de amor, pero yo sentí que Óscar lo hizo por respeto y cariño, porque no era necesario, el personaje se podría haber quedado ahí. Y lo otro muy bueno es que yo era el chofer de la madre del protagonista (Cristián Campos), que era Malú Gatica. Y el hecho de haber trabajado con ella me emocionaba mucho, el hecho de compartir con ella, lo poco que compartía. Básicamente la espera, porque no tenía grandes escenas con ella, le abría y cerraba la puerta o salía con el auto, pero tenía que compartir con ella. Fue una tremenda experiencia porque ella era una bellísima persona. No solamente una tremenda actriz a nivel nacional, con una carrera gigantesca, con éxitos internacionales, sino además una mujer con una humildad, con un cariño y una sensibilidad maravillosa. Solo tengo buenos recuerdos de “Top Secret”.

¿Recuerdas la invitación de Vicente Sabatini para unirte a “Estúpido Cupido”?
Ahí no fue con casting. Yo creo que Vicente algo me había visto porque yo había hecho una obra con la Claudia (Di Girolamo) y que él fue a ver, una obra en el teatro nacional que se llamaba “La catedral de la luz” y que dirigía Alfredo Castro. Y yo creo que ahí entré en el radar de Vicente. Yo igual me aparecía, tenía ciertos conocidos en el canal, trataba que me viera y de repente me invitó a formar parte del elenco con un personaje con mucha más carne, con mucho más cuerpo, con un triángulo amoroso entre Felipe Braun y Patricia Rivadeneira. Y al final era el malo de la película. Había harto material. Y sí, yo no me sentí para nada cómodo con ese personaje, siento que di bote, nunca me acomodé. Yo creo que hay personajes que logras tomarles el pulso y otros no. No tenía las herramientas, me sentía incómodo, me sentía nervioso. Ahí conocí a Álvaro Rudolphy, que era el protagonista, venía llegando al canal, nos hicimos muy amigos. Fue una muy bonita experiencia, incluso el hecho de ir a grabar al pueblo que se armó en Lo Cañas. Además, graciosamente yo tenía un volvo del año 60, y fue contratado antes que yo para la teleserie (ríe) Pero como personaje, como desafío, yo quedé con gusto amargo, con la sensación que era mi debut y despedida trabajando con Vicente Sabatini. Pero no fue así.

¿Qué fue lo más satisfactorio de interpretar a alguien tan extravagante como Diógenes en “Sucupira”?
Venía del Peter O’Kelly, que siempre digo que me sentí muy incómodo, y apareció esta segunda oportunidad que me dio Vicente (Sabatini) y me acomodé mágicamente. Los datos eran que era un chofer que le gustaban las lepidópteras y que estaba enamorado nuevamente de la Paty Rivadeneira. Pero se fue construyendo físicamente gracias a los guiones, que son fundamentales, y ahí fui construyendo un personaje tremendamente seguro. Yo me sentí seguro interpretando a esa cantidad de inseguridad, porque Diógenes básicamente era un gran nervioso. Y siento que yo potencié y acomodé muchas de mis características. El tema de la altura, el tema de los nervios, el tema de las manos. De alguna forma ese personaje tomó o nos pasamos mutuamente gestos y fue agarrando una vida propia en la cual me sentía cómodo cada vez que me ponía ese traje, que era siempre el mismo, que se agradece mucho en los actores para no tener que cambiarse de ropa. Y fue agarrando un vuelo encantador. Había una sincronía y una sintonía que, a mí personalmente, me dio mucho placer. Tuve la suerte de hacer esa teleserie y luego unas miniseries, fue un personaje que me acompañó muchos años y me sigue acompañando, me sorprende que aún la gente se acuerde. Fue un trabajo emblemático.

¿Recuerdas al yorgo que te inspiró para interpretar a Ismael en “Iorana”?
Más que un personaje en particular, era tomar previo al primer viaje imágenes que nos pasaron, que eran bastante característicos, con el pañuelo, el anteojo, los grandes tatuajes, andar a torso desnudo, con su caballo, en la cueva. Claro, era una maqueta. Y a partir de eso, el trabajo que hicimos con peluquería, con maquillaje, los tatuajes que había que plasmarse, vestuario, las lecturas. Ésa fue la forma de construir, porque no era fácil viajar a la isla personalmente para hacer un proceso de investigación. Y ya llegando a la isla uno se empapó. Ese personaje está basado en su brutalidad y en su silencio, en sus pocas palabras. Por eso esta imagen inicial era suficiente como para poder tener un muy buen radier, construir y agregarle detalles en la medida que fuéramos a la isla y estuviéramos cerca. Yo igual, claro, me paseaba por la isla esperando grabar o cambiándome de una locación a otra en el caballo, iba como yorgo y me cruzaba con otro yorgo verdadero. Y yo decía, este hueón se va a enojar, se va a bajar del caballo y me va a sacar la mierda (ríe). Pero bueno, no sucedió nunca, se sintieron bien representados y yo, personalmente, no tuve ningún problema con algún ataque celoso de algún yorgo original.

En el final de la teleserie, la “Mata Kuri” (Viviana Rodríguez) se va de Rapanui. ¿Te gustó que Ismael y ella no se quedaran juntos?
Sí, sabes que sí. El hecho de no quedarse juntos deja puertas bastante más abiertas que cerrarlo amorosamente hablando. Yo creo que, generalmente, los protagónicos se encargan del final feliz y la puesta de sol con la música característica. Pero estos personajes, estas historias secundarias, me parecían interesantes y me gustó el hecho de no resolverlo porque eran mundos tremendamente distintos. Son historias de amor en la isla que suceden y que sucedieron en nuestra producción. Hubo mucha gente que se quedó, se enamoró, pasaron muchas cosas porque la isla es profundamente apasionante y apasionadora. Entonces eso sucede, van y vienen. Además, el yorgo es un personaje que va y viene. La sensación que se iba a quedar y que iban a armar una casita y que iban a poner una agencia de turismo era más… (irreal). Siento que era más romántico que la Mata Kuri se fuera al conti, deja una puerta abierta dramáticamente más interesante.

Julio Alvarado de “La Fiera” se dejaba perder en una pelea de boxeo frente a Ernesto (Alfredo Castro), todo para que Rosita Espejo (Amparo Noguera) pudiera tener los recursos económicos para quedar embarazada. ¿Sientes que faltan personajes genuinos como el Alvarado chico en teleseries actuales?
Estoy de acuerdo en tomar al Alvarado chico como ejemplo de una historia de amor dulce, honesta, transparente, heroica. Porque claro, el ejemplo del boxeo habla de la nobleza de ese personaje, que era profundamente emocionante y el hecho que se fuera en el Caleuche lo hacía incluso más romántico aún. O sea, abandonar a este amor que era un poco prohibido con la Rosita, prohibido e imposible, pero era un amor honesto. Entonces, la dulzura de todo ese paquete, era un triángulo muy particular, era bonito, era dulce. No sé si hacen falta, pero se valoran esas historias que, no porque sean simples, no son profundas. No son tan engorrosas, no es necesario ponerle tanto maquillaje, a cara limpia también pueden ser profundamente emocionantes.

La señora Mirta en “La Fiera” era una mujer que, cada cierto tiempo, realizaba cenas para su marido que se había ido en el Caleuche. ¿Qué te pareció el trabajo realizado por Luz Jiménez en esta teleserie?
Cuando uno habla de los compañeros no puede evitar hablar también de lo que son como personas. El ejemplo está en lo que yo hablaba de Malú Gatica. Lo que me pasa con la Luz es que ella es un ser de luz, valga la redundancia, a mí me tocaba mucho trabajar de cerca con ella. E incluso esa escena final en donde, yo me subo al Caleuche y me voy, eso implicó que trabajáramos mucho juntos. Y era un personaje que reflejaba mágicamente lo que significa la fantasía de la isla. A mí me ha tocado ir por otra teleserie incluso, la isla tiene una magia particular que va más allá de “El Trauco” o de “La Pincoya”, sino que tiene que ver con la energía de cada uno de sus habitantes, y yo creo que el personaje de la Luz reflejaba magistralmente esta magia que va más allá de los trucos que puede hacer en una olla una bruja, sino de la magia de la isla en sí, con todas sus historias, con todos sus personajes, con todos sus canales, con esos vientos, con esos fríos. Ella, la señora Mirta, con ese vestuario negro, con ese canasto, con esos secretos, con ese Caleuche, con esa comida, era un personaje de una belleza antropológica siento yo. Y tremendamente bien interpretado porque la dulzura y la luz de la Luz Jiménez va más allá de ella.

En el final de “Romané”, Rafael Domínguez y Jovanka cierran la historia con un gran abrazo. ¿Crees que, finalmente, ellos se quedan juntos?
No, yo creo que no. No hay cabida. Había pasado demasiada agua bajo el puente. No era llegar y resolver eso, más allá de saber quién era la hija de Rafael Domínguez. Yo siento que ese final fue un poco acomodarlo para dejar, en alguna parte, la posibilidad de romance de Jovanka con el cura. Entonces, había que dejar la posibilidad, pero ese abrazo no duraba más allá de esa puesta de sol. Iban a llegar a la casa y eso no iba a funcionar. Funcionó antes, pero había pasado mucho tiempo. No recuerdo ese final en particular, siento que era un poco réplica de varios finales del estilo de la época, del gran abrazo final con la puesta de sol, en la playa. Por eso te digo, a nadie dejó muy cómodo porque hizo imposible el hecho de que el cura se quedara con Jovanka, que era lo que todo Chile quería. Quizás hoy en día sería más fácil, pero en esa época no se dio. Yo no sé si hubo una reunión de tipo editorial en el canal que dijo “no chiquillos, no, por ahí no puede ir”. O si llamó la iglesia católica, anda a saber tú. Pero yo creo que Ése era el final correcto, ese era el final potente. Éste fue un final clase B.

En esta teleserie Marés González era Victoria North, la madre de tu personaje. ¿Cómo recuerdas el trabajo junto a esta actriz?
Yo había trabajado antes en una obra que se llamaba la comedia española, yo venía saliendo un poco de la escuela y me tocó trabajar con ella codo a codo y fue una tremenda experiencia, porque ahí trabajé con otro monstruo de la escena, con un carácter, que todos lo recordamos con cariño, pero con cierto temor. Marés provocaba temor de entrada, especialmente a uno que era más joven. Yo recuerdo verla trabajar a ella desde un espacio muy celoso de su oficio, muy amante de su oficio. Hay una frase que me tiró y que me ha acompañado desde hace mucho, “mientras menos es más”.  Es así de simple y así de potente con respecto a desde dónde actuar. desde dónde decir, desde dónde pararse. Era una vieja, con cariño, difícil, pero era encantadora verla con su mal genio, con su molestia, pero era encantadora. No es porque esté muerta y quiera tratar de arreglar, pero tenía su genio. Era distinto lo que pasaba con la Luz Jiménez, que ella es un corazón con patas. La Marés se parecía a una abuela vasca que tuve, no era buena para hacer cariño, pero igual me quería… y me quería mucho.

En “Romané” hiciste una dupla cómica junto a Néstor Cantillana…
Con Escudero. Son esas situaciones o momentos que se dan bien de vez en cuando, en donde existe una confianza, un cariño, un trabajo, un respeto, para compartir con el otro y llevar las escenas. Es difícil de encontrar y que suceda. Y yo me encontré con Néstor en la vida y fuimos capaces de generar esta dupla y él hacer este personaje tan potente como el Escudero. Yo sólo recuerdo alegría y la cantidad de ataques de risa. O sea, yo soy tentado con el chascarro y la risa, pero la cantidad de ataques de risa que hubo en esa teleserie son memorables. Y eso fue el terror para los directores cuando querían terminar e irse para la casa y los camarógrafos, que son los que más se enojan con los ataques de risa.  Ahí eran interminables, pero era muy entretenidos. Yo no sé si he vuelto a tener ese nivel de imposibilidad de seguir con una escena, porque no podía parar de reír con las pelotudeces de Néstor. Yo lo recuerdo y pienso, “qué bueno haber podido pasar por ahí”.

En el 2001 interpretaste a Manuel Clark en “Pampa ilusión”. En el último capítulo encuentra la muerte en manos de Tobías Pincheira. ¿Crees que fue una muerta justa?
Sí, dramáticamente hablando sí. En post de una buena línea dramática. Humanamente hablando era tremendamente injusto. O sea, en el relato dramático el hecho que Manuel se muriera era maravilloso, viendo la maldad de quien le gusta el drama. Humanamente hablando, fue tremendamente injusto.  O sea, que el se haya atrevido a dar el paso, de quedarse con su amor, enfrentar a su padre, y además de ponerse del lado de los trabajadores en su lucha socio política, era el momento para que él pudiera seguir adelante con una vida sin ese ahogo con el que había vivido tantos años, con las manos de su padre ahí en el cuello, sin poder respirar. Entonces, humanamente hablando fue muy injusta pero dramáticamente hablando fue perfecta. Para mi gusto, es una de las teleseries más hermosas que yo he realizado, y ese personaje con esa complejidad, con esa humanidad, por esa dimensión dramática, con ese final, con esa historia de amor con la Tamara (Acosta) con esa relación con su padre, con ese escenario, es de lo que me llena más de orgullo. Si alguien me pregunta cuál es la teleserie que más me ha gustado, sin duda en la totalidad, “Pampa Ilusión” es la más potente. La soledad de ese personaje era gigantesca. Por eso interpretarlo era enorme, profundo, era agotador. Por eso lo recuerdo con mucho placer por la dimensión que tenía.

¿Recuerdas la jornada de grabación de tu muerte?
Sí. A uno como actor siempre le gusta tener escenas de acción potentes, y por otro lado, el desafío de morir en cámara. “¿Cómo se hace?” “¿Se cierran los ojos antes?” “¿Se respira para afuera?” “¿El último respiro es para adentro?”. Son las preguntas que uno se hace y es un desafío, pero, además, como decía antes, cargaba la historia que traía, con la injusticia que traía. No solamente la injusticia social que planteaba la teleserie, sino que la injusticia en el amor, en la vida, morir en los brazos de la Clementina, era potente. Recuerdo ese espacio, con toda la gente, era gigante. Tenía la sensación de estar haciendo una escena tremenda. Y ser protagonista de ese momento me llena de orgullo y de alegría. Y el hecho de estar hablando ahora contigo, aparecen imágenes como del viento, el calor. Igual fue difícil, el resultado final es potente, pero con el tiempo solo quedan buenos recuerdos. Por la dimensión dramática y la dimensión de producción que implicó.

¿La viste en su año de emisión?
Tengo la sensación que sí, la veíamos en la medida de las posibilidades. No sé si la veíamos entera, por teatro, por ensayo, o por estar grabando escenas nocturnas. Pero tengo recuerdos de haber visto mucho esa teleserie porque me gustaba, era muy buena. Es de mis favoritas. Si hubiese sido un espectador cualquiera yo no me la hubiese perdido por ningún motivo.

En “El Circo de las Montini”, tuviste tu primer protagónico interpretando al trapecista David Valenti. ¿Sentiste una emoción especial?
Sí. Es gracioso. Primero, porque en ese año el Pancho Reyes se tomó un año sabático, entonces eso significó que Vicente decidió subirme un escalón y ofrecerme el protagónico junto con la Claudia. O sea, reemplazar a la pareja icónica de la televisión chilena. Entonces pensé, “¿seré capaz?”. Había un desafío gigantesco ahí.  Yo igual con la Claudia ya había trabajado, había hecho teatro, entonces había confianzas de por medio. Entonces yo dije, subámonos a este carro, pero debo admitir que tuve el miedo de la sombra del Pancho que no me la ponía él, sino que yo me ponía en la sombra de él. No hay ninguna crítica hacia Reyes, sino que era el rollo personal mío. Y, por otro lado, claro, todo lo que significó “El circo de las Montin” con un entrenamiento que duró meses, muy duro, que quedamos todos medios lesionados y que fuimos descubriendo cuál eran nuestras habilidades y nuestros potenciales como para poder contar la historia. Pero fue una oportunidad divertida, extraña, nerviosa, difícil, desafiante. Era desafiante el hecho de subirte al trapecio y llevar la historia de amor protagónico. O sea, lo recuerdo desde ahí, pero con un resultado que me dejaba bastante contento. Había un tremendo trabajo en equipo, no estaba esta sensación de, “chuta, estoy a cargo, me llevó toda la responsabilidad”. Las historias secundarias también eran tremendamente protagónicas.  

Además, tenías un rol popular…
Sí, era divertido. No se si tengo tanta habilidad para esos roles, tiendo a ser al empresario, debe ser la altura, las orejas, no sé, más que a la cosa popular. Era un desafío también en eso. Mas encima, la paila se ajustó a todos los personajes que estuvieron dando vueltas por ahí, que al final hablaban dialectos. Ya al final nos entreteníamos con esa forma de hablar y nos reíamos. Vicente (Sabatini) nos retaba y nos decía que había que bajarlo porque ya no se entendía nada, tenía que ir con subtítulos, había una ecualización global que era muy divertida. Recuerdo a Álvaro Espinoza, que tenía una lobotomía, hablaba desde un lugar muy extraño, todo eso era muy divertido.  La misma Dani (Lhorente) con su “pelito”, era magistral con su personaje.

En esta producción tu hija era Amparo Noguera y tu nieta Claudia Cabezas…
Yo recuerdo haber hablado con Vicente y haberle dicho, “Vicente igual está un poco raro, esto no da. Yo pareja con la Claudia sí, pero que la Amparo sea mi hija y que mi nieta sea la Claudia Cabezas…”. Y él me dijo, “no, tranquilo, te ponemos unas canas y pasai piola”.  Y me hicieron unos teñidos que no funcionaron mucho, parecía rubio, no canoso. Y pasó, era raro esto que la Amparo fuera mi hija y que la Claudia fuera mi nieta. Era un casting particular, estaba bastante corrido, era irreal. Quizás yo debí hacerme más cargo y hacer un viejito, pero el problema es que tenía que estar en el trapecio, entonces tampoco podía ser muy viejo, o sea, tendría que haber tenido como veinte años más. Pero pasó, la hicimos, no fue tema.

Me comentaste que tu dupla con Néstor Cantillana en “Romané” te había provocado muchas risas y algunas imposibilidades de grabar escenas por lo mismo. ¿Te pasó algo parecido en “Los Pincheira” con tu personaje Shadi Abu Kassem?
Me pasó algo parecido. Ahí no existía la dupla. ahí era más complejo y más completo porque era una familia. Ahí generamos un núcleo con la Claudia, con la Blanca (Lewin), con Pablo (Schwarz) y Álvaro (Espinoza). Generamos un grupo, una familia… la familia Abu Kassem, en donde fuimos creciendo y nos fuimos divirtiendo con actuaciones notables, en donde jugábamos primero con el lenguaje, con las situaciones con esa cultura, y también nos fuimos adueñando. Yo sentía que hacíamos una teleserie paralela. Por un lado, estaban los Pincheira, esta banda, y, por otro lado, estaba los Abu Kassem viviendo el día a día, la discriminación y todo el tema. Pero era muy potente grabar en el emporio, cuando tocaba ese set, o cuando tocaban los almuerzos con las pipas, conversando, yo enojado con Marwua. Ahí se generó este núcleo de cinco personas que estábamos gozando día a día, construyendo capa a capa esta familia que agarró esta dimensión, que nunca nos imaginamos. Después con el tiempo, uno se da cuenta que los Abu Kassem también permanecieron en el tiempo, se pegaron algunas cosas de como hablábamos y era potente. Mas que una dupla, era un quinteto que afinaba muy bien y nos divertíamos a rabiar. Ataque de risa con las pelucas y toda la tontera.

¿Qué fue lo que más te gustó de Shadi?
Lo que más me gustaba de la interpretación era el lenguaje que él tenía, de cómo yo podía jugar con el texto. También recuerdo cuando Vicente paraba la grabación y decía, “no, te fuiste al chancho, no se entendió nada. Trata de decir bien una frase para poder entender o es imposible seguir”. Pero había una libertad en eso, en el decir, que también se apoderó de uno y que va más allá del control de uno como actor, sino que uno respira y sucede, ese juego, esa libertad al hablar que agarró Shadi me encantaba. Y como personaje, me encantaba lo complejo que era vivir con esta familia, porque él tenía su cuaderno de normas que tenían poquitas hojas, era bastante básico, pero sus hijos y su mujer lo ponían en jaque constantemente, entonces esa pugna por mantener el orden era interesante. Era el alumno bueno del curso, pero con esta familia le era muy difícil.

Luego de “Los Pincheira”, pasas a la segunda nocturna de TVN, “Los Treinta”. ¿Por qué decidiste abandonar a este elenco?
Eso tiene que ver con decisiones personales, yo estaba pasando una historia personal, sentí la necesidad de cambiarme de elenco. Estuve viendo posibilidades de respirar, ya habían pasado muchos años, estaba viendo la posibilidad incluso de cambiarme de canal, pero Vicente me propuso, en vez de formar parte de otro canal, que me cambiara de elenco. En este caso se estaban iniciando las nocturnas, Quena Rencoret tenía esta nocturna entre manos. Entonces cupo la posibilidad que formara parte de este elenco y fue una tremenda oportunidad, la agradecí mucho Ahí ocurrió un fenómeno divertido que fue trabajar con un elenco muy chiquitito, muy contemporáneo entre nosotros y muy afiatados. Fue una teleserie subidita de tono, no estábamos acostumbrados, pero basados en el humor, era más bien de nicho, a diferencia de las grandes producciones de las que venía, con grandes equipos y viajes, esta era una teleserie de pocos y que generó una cofradía, que fue potente, y que me ayudó porque necesitaba ese cambio, me sentí profundamente acogido. Y agradezco que la vida me haya empujado a tomar esas decisiones. Estaba tremendamente cómodo, me sentí profundamente valorado, querido, y era un salto un poco al vacío. Pero sólo era un poco. No era que me iba a hacer teleseries a Zimbabue o a participar a un programa infantil en Quellón, no. Era mantenerme en el canal, pero era cambio de equipo, cambio de líder, entonces sí. Tenía que hacerlo, no tenía otra opción.

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