El desalojo del ex príncipe Andrés del Royal Lodge no solo marca el fin de sus privilegios: también amenaza con borrar uno de los legados más valiosos que esperaban sus hijas dentro de la familia real británica.
Y es que el vínculo del hermano del rey Carlos III con el fallecido financista Jeffrey Epstein sigue cobrando cuentas dentro de la monarquía británica. Esta vez, el impacto no solo está recayendo en el hijo menor de Isabel II, sino también en sus hijas, las princesas Beatriz y Eugenia de York.
Las jóvenes podrían perder uno de los pilares de su futura herencia: el derecho a vivir en Royal Lodge. Una mansión de 30 habitaciones avaluada en 35 millones de euros – cerca de 37 mil millones de pesos-, ubicada en los terrenos de Windsor.
El impacto de un contrato
Durante más de dos décadas, Andrés Mountbatten-Windsor habitó Royal Lodge sin pagar arriendo, amparado en un contrato de alquiler por 75 años. Aquel fue firmado en 2003 con el Crown Estate, el organismo que administra las propiedades de la Corona. Dicho acuerdo contemplaba que el usufructo pudiera transferirse a sus descendientes, lo que convertía a Beatriz y Eugenia en herederas naturales del inmueble.
Sin embargo, tras el avance del escándalo Epstein y la decisión del rey Carlos III de retirar a su hermano de la vida pública y de sus privilegios, ese contrato quedó virtualmente sin efecto. El monarca ordenó el desalojo de Andrés, dejando a sus hijas fuera de cualquier opción de permanecer en la emblemática residencia.
Aunque el actual monarca del Reino Unido intentó evitar que sus sobrinas pagaran el precio por los actos de su padre, el desenlace parece inevitable. Sin Royal Lodge, Beatriz y Eugenia pierden no solo una propiedad de alto valor económico, sino también estatus, seguridad y estabilidad, tres elementos clave dentro del engranaje de la monarquía.
Solo recuerdos… y corrupción
Royal Lodge había sido el hogar de la Reina Madre hasta su muerte en 2002 y representaba un símbolo de continuidad dentro de la familia York. Allí se celebraron cumpleaños, encuentros familiares y momentos privados que hoy quedan relegados al pasado.
En un último intento por conservar la propiedad, Andrés habría buscado transferir la mansión en vida a sus hijas, una jugada que no prosperó. Ni él ni su familia cuentan actualmente con autorización para seguir ocupando el inmueble, pese a que en los últimos años incluso convivió allí con su ex esposa, Sarah Ferguson.
La gran incógnita ahora es dónde vivirá el ex duque de York. Versiones apuntan a que Carlos III le habría ofrecido una residencia más modesta en la finca real de Sandringham, en Norfolk, a más de 200 kilómetros de Windsor. El mensaje es claro: mantenerlo lejos del núcleo operativo de la Corona y del entorno del príncipe Guillermo.
El golpe patrimonial coincide con una nueva investigación de la BBC sobre la venta de Sunninghill Park, otra mansión que Isabel II regaló a Andrés por su matrimonio con Sarah Ferguson. En 2007, la propiedad fue vendida a un oligarca kazajo por 15 millones de libras, muy por encima de su valor de mercado.
Según el medio británico, los fondos utilizados en la compra estarían vinculados a tramas de corrupción internacional. Aunque no se acusa directamente a Andrés, expertos en seguridad financiera advierten que la operación presentaba claras señales de riesgo que debieron ser detectadas.
Una herencia que se desvanece
En la monarquía británica, hablar de herencias nunca es simple. Los testamentos reales permanecen sellados por orden judicial y la mayor parte del patrimonio pasa de soberano a soberano, evitando el impuesto a la herencia. En la práctica, todo quedó bajo control de Carlos III, quien decide qué se cede, a quién y bajo qué condiciones.
Así, lo que comenzó como un escándalo personal terminó por transformarse en una factura histórica que ahora amenaza con borrar una parte importante del futuro de las hijas de Andrés.
El apellido pesa, pero en este caso, lo hace como una losa.
















