El problema de la parrilla de humoristas en el Festival de Talca: saber leer bien al público

Esperé con ansias la presentación del show-man argentino Agustín Aristarán, más conocido como Radagast o “Soy Rada”. Recuerdo su brillante desempeño en Olmué el 2017, que incluso lo transformó en una alternativa digna de considerar para la Quinta Vergara. Además, viene de romperla con su especial para Netflix, realizar charlas TED y de espectáculos exitosos. Lo suyo es muy similar a lo de Edo Caroe, con una extraña e inclasificable mezcla de comedia, stand-up, magia, acrobacias, mímica y música. Había expectativas razonables respecto a lo que podía ofrecer a orillas del Río Claro.

Las expectativas contrastaron con la realidad. Su show fue tenso, confuso, lleno de baches, y marcado por las pifias, que recordó el estruendoso fracaso de su compatriota José Luis Gioia en el Festival de Iquique el 2012. Fue penoso ver a un tipo tan talentoso y lleno de recursos pasando por esto. Las redes sociales se dividieron entre los que encontraron «fome» el show, y los que se quejaron de que le tocó un público de “bajo nivel” que no estaba preparado para un espectáculo como el suyo

Otro caso fue el del también argentino Hugo Varela en la noche final. Varela, todo un clásico del humor a estas alturas, al inicio había logrado cautivar al público talquino con las mismas rutinas que le conocimos en los años 80 cuando era número puesto en estelares como Martes 13, y que al igual que los capítulos del Chavo del Ocho, funcionan a pesar de que los conocemos de memoria de tanto que las hemos visto. Sin embargo, en la mitad del show empezaron las pifias de quienes no entendieron sus genialidades y querían que terminara rápido para que llegara la cumbia de Luis Lambis. Cabe preguntarse si Varela no hubiera corrido la misma suerte de Radagast si le hubiera tocado ir en su jornada. Varela tuvo el beneficio de actuar después de Franco Simone, y giró a cuenta del cariño ganado en años de trayectoria. Da mucho en qué pensar que, a sus 72 años y haciendo las mismas rutinas que en los 80, aún lo consideremos «innovador» y «creativo».

Todo un contraste con el show de la standapera Piare con P, que logró cautivar al «monstruo» talquino con una rutina marcadamente «popular». Al «Flaite Chileno», por su parte, le tocó actuar después del show de «fonomímica» de CNCO, y tuvo una jornada marcada por un tibio recibimiento del público y críticas surtidas en redes sociales por su rutina cargada de prejuicios (pobreza igual a delincuencia y droga).

Lo sucedido la importancia de saber armar parrillas homogéneas en los festivales de verano. A Radagast lo hicieron compartir jornada con dos números de cumbia, los argentinos Amar Azul y el chileno Jordan. Y como era de suponerse, el público que asistió ese día era eminentemente “cumbiero”. Lo indicado era que el número humorístico hubiera sido un standapero de inclinación popular, como el Flaite Chileno o Piare con P, o algún exponente del humor callejero tipo Atletas de la Risa o Fusión Humor. Radagast hace un estilo de humor para otro tipo de público, que ve Netflix o asiste a una charla TED.

Si hay una lección a aprender después de años de eventos veraniegos es que la parrilla de artistas de cada jornada tiene que ser lo más homogénea posible, con artistas razonablemente compatibles, o que al menos puedan convivir en un mismo show. El no respetar esto somete a un riesgo innecesario al artista en condiciones minoritarias. En años anteriores vimos en la Quinta Vergara verdaderos desastres de programación como Los Tigres del Norte actuando después del grupo noruego de pop ochentero A-HA; tener en la misma jornada a Joan Manuel Serrat y al grupo La Noche; o a Ricardo Meruane en medio de una jornada cargada al reggaetón. En Olmué vimos el año pasado a los Huasos Quincheros zarandeados por la fanaticada de la banda cumbiera Santa Feria.

Sin perjuicio de que lo mataron al ponerlo con un público no habituado a su show, Radagast tiene responsabilidad en no haberse percatado de ello y no haber preparado algo especial para la ocasión, o por último en haber aceptado la invitación. El público de Talca no enganchó con las historias que contó en torno a Disney, ni con sus canciones, ni con sus chistes malos ni con su gestualidad y en dinámicas de grupo, algo muy difícil de hacer en un espectáculo con 150 mil personas. Además, prescindió inexplicablemente de uno de sus recursos más fuertes, que es la magia.

La diferencia con el discutido show del Flaite Chileno y la exitosa performance de Piare con P, dos artistas que están varios escalones debajo de Radagast y de Varela en cuanto a nivel artístico, estuvo en que los chilenos estaban más en su salsa y supieron leer mejor a la audiencia. Quedó claro que el masivo público talquino no está para números humorísticos muy sofisticados e innovadores y que requieran paciencia y cierto esfuerzo mental. La comedia aquí tiene que ser «dos cucharadas y a la papa». Talca es para humor callejero y para standaperos de corte popular, y salirse de eso resulta arriesgado.

Un buen ejemplo de adaptación a las circunstancias es el del quinteto humorístico argentino Les Luthiers en el Festival Folclórico de Cosquín el año 2005. Les Luthiers se enfrentaron al desafío de hacer reír en un evento completamente alejado de los teatros cerrados y el público más bien selecto y de élite al que estaban acostumbrados. Optaron por hacer un espectáculo especial para Cosquín, centrado en temáticas folclóricas, con el que lograron un rotundo éxito. Ahora, me pregunto si ellos aceptarían actuar en Talca o incluso en Viña.

Deseo fervientemente que un tipo talentoso como Radagast sepa tomar debida nota de lo ocurrido y saque conclusiones de esta mala noche. A pesar de este mal paso, me gustaría verlo en Viña en el corto plazo, y si aprende las lecciones, creo que podría triunfar perfectamente.