El escándalo Amber Heard vs Johny Depp: presunción de inocencia y el peligro de guiarse por las apariencias externas

DISCLAIMER: No pretendo minimizar ni ningunear el maltrato que muchas mujeres han sufrido de parte de hombres. Considero que estos hechos son repudiables y de la máxima gravedad, que los autores tienen que recibir las máximas sanciones penales y sociales posibles, y que las víctimas merecen nuestra comprensión y apoyo. Lo que planteo acá es la realidad, quizás no tan extendida pero igualmente existente, de los casos de mujeres maltratadoras y abusadoras de hombres, que ha sido sistemáticamente negada y ninguneada por ciertos sectores del feminismo radical.

El último escándalo matrimonial de Hollywood ha puesto en tapete como nunca el tema de los alcances del feminismo. El cruento conflicto entre los actores Johnny Depp y Amber Heard sufrió un vuelco notable desde que trascendieron audios en donde Heard reconocía explícitamente que había maltratado física y psicológicamente a Depp, y además sin mostrar ningún atisbo de arrepentimiento por ello. Hasta antes de eso, Heard había acusado que Depp la había maltratado, y había usado esto para transformarse en activista de la causa feminista.

Con esto, la actriz quedó en público como una villana perversa y tóxica dignas de cualquier película hollywoodense, y su carrera corre riesgo serio de caer en desgracia. Las fans de Depp, sedientas de justicia, la han funado con todo en redes sociales y han surgido peticiones para que le quiten el papel de “Mera” de la saga de Aquaman. Cabe señalar que este escándalo le costó a Depp el papel de “Jack Sparrow” de la saga de “Piratas del Caribe”. Además, Amber Heard le hizo un daño brutal a la misma causa feminista que dice defender, pues el precedente generado por su caso pone en entredicho eso de que “siempre hay que creerle a la denunciante”.

No es primera vez que una acusación de acoso sexual contra una estrella masculina de Hollywood se da vuelta. Está el triste caso de Morgan Freeman, quien fue denunciado por un reportaje de CNN por “comportamiento indebido y acoso” contra mujeres. Posteriormente se demostró que la acusación era totalmente falsa, y motivada por la mentalidad racista de la autora del artículo en cuestión. A pesar de ello, esto dañó de manera irreparable la otrora inmaculada reputación del actor, quien perdió papeles y contratos publicitarios.

Ciertos sectores extremos del feminismo se han atrevido a plantear la necesidad de eliminar la presunción de inocencia en los casos de ataques contra mujeres, motivados por la idea de que “siempre hay que creerle a la denunciante”. Los casos de Johnny Depp, Morgan Freeman y otros similares demuestran lo peligrosa de esta idea, pues abre las compuertas de un verdadero “parque de diversiones jurídico” a mujeres perversas y oportunistas que se pueden aprovechar de esto para hundir a sus exparejas y/o rivales masculinos. Son conocidos los casos de mujeres despechadas que inventan acusaciones de este tipo para sacar ventaja en conflictos de pareja y separaciones, en las cuales muchos inocentes han visto arruinadas sus vistas incluso habiéndose demostrado su inocencia. La idea de que “todos son inocentes hasta que se demuestre lo contrario” busca que estas situaciones se resuelvan por el conducto que las sociedades civilizadas han establecido para ello, que son los tribunales de justicia. Que los tribunales hagan su trabajo, y una vez que den su veredicto se pasan las facturas sociales que correspondan. ¿Qué los tribunales no son perfectos y pueden cometer errores e injusticias? No cabe duda, pero a pesar de eso resultan mil veces preferibles al Far West, la Ley de la Selva y la justicia por cuenta propia. La presunción de inocencia tiene que ser defendida a capa y espada. Soy partidario total de que se combata la violencia contra la mujer, pero no me parece que ello requiera mandar al sacrificio a inocentes como Johnny Depp o Morgan Freeman.

Otra reflexión que suscita este caso es lo peligroso que resulta fiarse solamente por factores como la belleza o la imagen exterior para buscar pareja. Amber Heard entra en la categoría de “mujer soñada” para muchos hombres: joven, rubia, curvilínea, exuberante, con carita de ángel. Es lo que muchos machistas llamarían “un bombón”. El problema es que no siempre sabemos qué hay en el interior de los bombones, y al parecer Amber venía con relleno de soda cáustica. Tenía antecedentes de actitudes violentas con parejas anteriores, mientras dos ex parejas de Johnny Depp metieron públicamente las manos al fuego por él.

No le reprocho para nada a Johnny Depp haberse quedado prendado de Amber Heard. A cualquiera le puede pasar. Le pasó a Paul McCartney con su fallido matrimonio con la modelo y activista Heather Mills. El ex Beatle no era precisamente un novato en las lides amorosas. En la época de oro de la banda de Liverpool, e incluso desde los comienzos en los clubes de mala muerte en Hamburgo, Macca vivió intensamente su soltería (eufemismo para decir que se acostó con medio mundo) entre giras, conciertos y grabaciones, al punto que llegaron a trascender denuncias nunca comprobadas de supuestos hijos no reconocidos. Posteriormente sentó cabeza con Linda Eastman, y su relación se transformó en uno de los pocos y notables casos de matrimonio sólido y bien conformado del mundo del espectáculo, al punto que solamente se separaron tras la muerte por cáncer de Linda en 1998. Seguramente la soledad de la viudez tenía volando bajo a Paul, y en eso estaba cuando se topó con Heather Mills. Desde antes de casarse, empezaron a trascender informaciones de peleas y discusiones entre ambos. Mills nunca fue del gusto de los hijos de Paul con Linda, quienes le advirtieron de que no le convenía comprometerse con ella. El escándalo terminó con la pareja divorciada y con un gran daño en términos de patrimonio, de imagen y emocional para McCartney. Posteriormente, Paul aprendió la lección y se casó con la estadounidense Nancy Shevell, con quien (al parecer) ha logrado conformar un sólido matrimonio.

Por cierto que no hay que caer en generalizaciones burdas. No se trata de que todas las personas “bellas” sean perversas per se. Hay de todo en la Viña del Señor: “gente bella” mala, “gente bella” buena, “gente fea” mala, “gente fea” buena, etc. El asunto es que guiarse exclusivamente por factores externos (belleza, modales, talento, posición social o económica, etc) para buscar pareja resulta sumamente peligroso. Aquí vale más que nunca eso de que “las apariencias engañan”. Muchos inicialmente buscan conquistar a la mujer más bella o al hombre más atractivo o con mejores perspectivas profesionales, para después darnos cuenta que tales atributos no resultan suficientes para sostener una relación. Y no es que esas personas sean necesariamente malas, perversas o inmaduras, sino que hay muchos otros factores en juego: historia personal previa, proyecciones de vida, expectativas respecto de la pareja, etc. Más que los factores externos, lo central es que la persona que esté a tu lado sea decente, tenga códigos, juegue limpio y tenga un mínimo sentido de empatía.

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