Teleseries sub-40: la pérdida de los grandes de la actuación

¿Se acuerdan cuando las teleseries chilenas tenían elencos de 40 actores, divididos entre protagonistas, “pandillas juveniles”, papás, abuelos y personajes de soporte? Actores de todas las edades conformando elencos poderosos, donde los más jóvenes debían lucirse para poder crecer.

Los tiempos han cambiado. Hoy los elencos se han reducido dramáticamente (TVN jamás supera los quince actores), las historias secundarias apenas existen y, en general, los personajes más adultos tienen 40 años.

Quien comenzó con esto fue TVN y sus teleseries nocturnas, con sus elencos pequeños y sus historias de “adultos jóvenes”. Allí ningún personaje superaba los 40, aplicando una lógica de serie unitaria: personajes sin núcleo familiar, en historias concentradas en dos o tres líneas argumentales.

A veces, los papás tienen 40 y los hijos 25 (y acá vemos atrocidades de casting, transformando en madres de adolescentes a actrices que apenas llegan a los 30, como la pobre María José Illanes). Lo que funciona en Televisa, acá -donde nos han acostumbrado a un mayor realismo- es intragable. Seguro que por esto mismo las teleseries de las 8 de TVN y Canal 13 han optado por castear a actores muy jóvenes (no profesionales) para personajes juveniles y pre-adolescentes. Al menos no parece que sus madres los tuvieron a los 9 años.

Y es contradictorio que, cuando la industria local está produciendo más títulos que nunca, para más horarios que nunca, productoras independientes incluidas, haya menos pega para los actores de más trayectoria. Salvo apariciones especiales, unos que pertenecen al inventario de TVN (Delfina Guzmán, Luis Alarcón) y otros rescatados por “Graduados” (Barril, Farías, Duvauchelle) casi no hay actores mayores de 50 en nuestras teleseries. Gran parte del otrora imbatible elenco de Sabatini hoy no está en pantalla o sólo hace apariciones. Y uno se pregunta, ¿qué pasará con los actores de 40, que hoy están en las nocturnas de TVN, cuando cumplan 50 o 60? ¿Jubilación anticipada? ¿Les habrán cotizado en la AFP o “son empresas”?

Da un poco de pena ver a actrices como Gabriela Medina, Violeta Vidaurre o Teresa Munchmeyer, parte de elencos estables en los 80 y 90, pituteando en la franja electoral para llegar a fin de mes. ¿Cuál es el espacio laboral de actores de 50, 60 o más en el medio de hoy? ¿Sólo teatro? ¿Hacer clases? ¿Vender mermeladas? ¿Los que hoy son top, o al menos estables, también terminarán así?

No se trata de convertirse en un anciano nostálgico que cree que todo lo de hoy está mal. El crecimiento de la industria y el mayor profesionalismo en puesta en escena y guión es aplaudible, y no cabe duda que el modelo actual es el único sustentable para un país pequeño, sin monopolios televisivos y que exporta poco como el nuestro. Pero hay algo extraño en un género que niega a un rango etáreo. Como si nadie quisiera ver viejos en la televisión. Como si nos molestaran.

No es que sea “intrínsecamente bueno” tener personajes de edad o adultos mayores en una obra de ficción, ni que no tenerlos sea un pecado. Cada historia responde a su propia lógica. Lo más probable es que el tema sea que nuestras historias están o demasiado teen, o demasiado “adulto jóvenes”. Cosa curiosa: las nocturnas de TVN han ido “pasando de curso” a medida que su elenco de actores envejece. Los de “Los Treinta” ya pasaron hace rato los 40. Pero son los más grandes de la fila.

En industrias evolucionadas como México y Argentina -y hasta en Miami- los “primeros actores” y “primeras actrices” son esenciales en el elenco de cualquier teleserie que se respete. Con su presencia otorgan peso a la producción y soporte a los protagonistas jóvenes. Y no por esto las historias juveniles o adolescentes son desplazadas, sino todo lo contrario. Para qué hablar de Brasil, donde los mayores de 50 son los reyes.

No sé si haya una solución porque no sé si hay un problema, pero es algo digno de notar. Todos tenemos nuestras profesiones y nadie quiere ser desechado a los 50 “por viejo”. A todos nos aterra un poco la vejez y la posibilidad de dejar de ser tomado en cuenta, dejar de ser útil. Muchas veces es culpa de las propias personas que al envejecer no actualizan conocimientos, rechazan la tecnología, le temen a los cambios. Pero en otras es simplemente injusticia. Ojalá logremos vivir en un mundo donde nadie, nunca, deje de ser necesario.