Teleseries: ¿Dónde fueron a parar los openings?

No sé por qué me gustan tanto los openings (secuencia de apertura antes de empezar una teleserie). Debe ser un rasgo Asperger o un reflejo de mi mente matemática, pero la mezcla entre estética e información, entre televisión y bibliotecología, me hace apreciarlos y disfrutarlos de manera obsesiva. Me gustan, los busco en Youtube, los veo una y mil veces y me indigna que la televisión los mate de a poco, casi sin darnos cuenta. ¿A nadie le importan? ¿La cultura del zapping, de la gratificación instantánea y del “¿sigues ahí?” de Netflix nos hizo obviar que adentrarse en una historia de ficción también puede ser una ceremonia?

Los programas de televisión, sobre todo los de ficción, tienen identidad. La tienen porque hubo personas que crearon una historia y un universo en el que nos podemos sumergir por veinte minutos, una hora o más para olvidarnos de todo lo aburrido que nos rodea. Esas personas tienen nombre y apellido y merecen que nosotros sepamos quiénes son. No son sólo los actores: hay guionistas, productores, directores, musicalizadores, camarógrafos y tramoyas. Todos aportan con su creatividad y experiencia para crear este mundo ficticio que es mejor que nuestra cruda realidad. No hay consumo acelerado ni amenaza de cambio de canal que justifique no saber de su presencia en algún momento.

Además, los openings, cuando se hacen con talento y cariño, pueden ser en sí una pieza de arte. A estas alturas, ya son un subgénero del audiovisual. Un opening de “Game of Thrones” o “Westworld” puede implicar el esfuerzo y costar el precio de una serie chilena completa. ¿Por qué no aportar, desde nuestro humilde fin del mundo, a esta tradición mundial? ¿Vamos a perder rating por un minuto de un video introductorio?

Lo bueno de tener internet, república de freaks, es que me permite descubrir que no soy el único. En Youtube hay seres de luz que dedican su tiempo, esfuerzo y afán arqueológico en subir openings de lo que sea. De teleseries chilenas antiguas, de series de ayer y hoy, de programas que apenas recordábamos. Para compartirlos con otros freaks y para rescatarlos del agujero negro del olvido. Para que entendamos cuál era el tono de esa serie a partir de su música, de su estética, de cómo lograba conversar con su época, reflejarla y resumirla en noventa segundos. Es curioso: a veces recordamos más una serie por su opening que por sus capítulos. Los openings actúan como catalizadores de recuerdos, como concentrados en polvo que expanden nuestra memoria y nos hacen volver a sentir lo que sentíamos cuando veíamos ese programa que tanto nos gustaba.

No todo está perdido: parte de la industria gringa no sólo sigue creyendo en ellos, sino que determinó que un opening es un sello de prestigio: una serie con opening se diferencia de una que no lo tiene por su mirada artística o de autor que va más allá de los resultados inmediatos. En la industria local parece ocurrir lo mismo: las únicas teleseries que no olvidan la noble tradición del opening son las nocturnas, en las que nuestros canales concentran sus mayores esfuerzos y presupuestos. ¿Será que estamos entrando en una era en la que los productos audiovisuales se dividen entre desechables y prestigiosos y, mientras los primeros se ven mientras se mira el celular o se lava la loza, sólo los últimos logran una conexión emocional real con el espectador? Porque, al final de todo, lo que buscamos en la televisión (y en cualquier historia que nos quieran contar, en el formato que sea) son eso: emociones. Y qué más emocionante que una canción surgiendo desde negro con un título que nos anuncie que están a punto de empezar a contarnos una historia.