Marlén Olivarí: ¿futura reina del consumo irónico?

“Yo decido” se llama la canción con la que Marlén Olivarí lanzó su carrera musical. La presentó en un video de buena factura, con la participación de un avejentado Fernando Kliche repitiendo su eterno papel de galán maduro, y donde la ex chica “Morandé” vive la fantasía dorada de cualquier lectora de revistas de papel couché: ir a un hotel lujoso a disfrutar de la piscina y de una corte de “toy boys” a su servicio. El video se transformó en tendencia N°1 en Youtube, aunque con muchos más dislikes que likes y con sendas críticas en redes sociales por la calidad de la canción. Si lo que Marlén pretendía era salir del baúl de los recuerdos, llamar la atención y tener a todo el mundo hablando de ella, lo consiguió y con creces, aunque sea para burlarse. La publicidad, sea buena o mala, siempre será publicidad.

Musicalmente hablando la canción deja mucho que desear: un autotune saturado, que revela las deficiencias vocales de Marlen y que además hace que su voz suene tan masculina que pierde todo efecto de seducción. Si no la conociéramos, muchos apostaríamos que la canción está siendo interpretada por un transformista. Además, la letra es una auténtica bazofia que habla de una mujer egocéntrica a morir y sin ninguna gota de empatía que trata a los hombres como esclavos sexuales. Si esa letra refleja el pensamiento de la viñamarina, entonces tiene que hacerse ver.

Tema aparte es la machacona melodía de base. Marlen no contrató músicos sino que compró una melodía llamada “Mind Blowing” y cuyo autor es Leo DJ, a menos de mil pesos en el sitio de internet beatport.com. Ella solamente tuvo que poner la voz, o más bien el autotune, y hacer retoques con un editor de sonido. “Yo decido” es la clara demostración que cualquier persona sin ningún talento e idea de música, pero con un PC (o incluso un equipo móvil) con el software correspondiente, puede crear una canción bailable y con posibilidades de ser exitosa. Youtube está lleno de videos tutoriales donde se enseña a hacer música usando un PC y melodías compradas. El más notable por lo divertido y didáctico es el tutorial para hacer reggaetón del youtuber español Wismichu.

Un comentario recurrente respecto del video fue “tenemos a nuestra propia Tigresa del Oriente”. Y realmente anda bien cerca. Para entenderlo, hay que considerar el concepto de “consumo irónico”, que es una suerte de evolución del “placer culpable”. Consiste en consumir productos culturales de calidad discutible, para posteriormente reírse de ellos y destruirlos a través de las redes sociales. Hay artistas que han construido sus carreras en base al consumo irónico. Delfín Quispe y la mencionada Tigresa del Oriente son verdaderos maestros en este “arte”, pues han logrado que mucha gente esté dispuesta a pagar por ver sus shows de vivo para darse el gusto de destrozarlos por su mal desempeño. En Chile tenemos al alcalde de Conchalí René de la Vega, cuya recordada incursión musical marcada por el clásico kitsch “Chica Rica” le sirvió para darse a conocer públicamente. La estrategia es maquiavélicamente genial: mientras consuman mi obra y paguen por ella, da lo mismo que después la hagan pedazos. Es más, incluso sirve como publicidad gratuita.

Si lo que Marlén Olivarí pretendió era emular a Delfín y a la Tigresa, hay que admitir que lo suyo fue una genialidad del porte de una catedral. Ahora, ¿era realmente eso lo que buscaba, o pretende que su música sea tomada en serio? Si fuera lo segundo, lo mejor es que reconsidere su posición y apueste por el consumo irónico. Y es que Marlén tuvo la mala idea de lanzarse al mundo de la música en un momento donde la rompen Mon Laferte, Francisca Valenzuela, Denise Rosenthal, Javiera Mena, Camila Gallardo, María José Quintanilla y otras cantantes mujeres mucho más jóvenes, que no tienen nada que envidiarle en cuanto a belleza y personalidad, y que la masacran sin apelación en cuanto a talento y calidad musical. Marlen Olivari siempre me ha parecido artísticamente discreta, sin más atributos que su voluptuosidad y cierto carisma. El apelativo de “la gran show woman de Chile” que le dieron alguna vez es una de las bromas más crueles de la historia del espectáculo chileno: canta pésimo (“Yo decido” lo deja clarísimo), quedó al debe en el baile (fracasó rotundamente en los concursos televisivos en los que participó) y su registro actoral le alcanza solamente para Infieles, el Teatro del Pato Torres y los sketchs revisteriles de Ernesto Belloni. No le llega ni a los tobillos a Gloria Benavides ni a Maitén Montenegro, las últimas show woman de verdad que ha tenido Chile. Cabe preguntarse si hubiera destacado en la época de oro de las vedettes.

Marlén Olivarí me recuerda al fallecido Paolo Salvatore, un cantante de los años 70 y 80 que fue víctima recurrente de bullying por sus limitaciones vocales, pero que pragmáticamente se especializó en canciones de verano que le permitieron una interesante carrera musical en Chile y España, con éxitos como “El Tomavistas”. Si Marlén piensa estratégicamente y deja de lado pretensiones artísticas para las cuales no le alcanza, está ad portas de reinventarse como cantante kitsch y transformarse en la Paolo Salvatore del Siglo XXI, en la reina del consumo irónico en Chile. Y con eso puede perfectamente construirse una buena carrera.