El imperio de la corrección política en TV

Hace algunas semanas, la opinión pública fue impactada por el brutal asesinato de la auxiliar de la Universidad de Chile Margarita Ancacoy a manos de un grupo de inmigrantes ecuatorianos que la golpearon alevosamente para robarle un celular y cinco mil pesos, riéndose a carcajadas mientras lo hacían. Los asesinos fueron arrestados y sometidos a proceso, y mientras estaban en la cárcel fueron sometidos a malos tratos e incluso torturas como aplicación de electricidad por parte de sus compañeros de celda. Esta situación ha desatado una cruenta polémica por el tratamiento que se le ha dado en el tema por parte de los medios, y en particular por las opiniones de parte de ciertos rostros y líderes de opinión que, ya sea en forma directa o solapada, han avalado el castigo recibido por los ecuatorianos.

En particular, la conductora de “Bienvenidos” Tonka Tomicic ni se arrugó para manifestar en pantalla su complacencia por lo sucedido a los asesinos. Por su parte, la panelista del “Muy Buenos Días” Macarena Tondreau se sumó al coro de partidarios del hecho con duras declaraciones. Ambas fueron acusadas al CNTV, pero la Tondreau, con menor status mediático que Tonka, pagó carísima su sinceridad, pues pocos días después de su intervención se anunció el fin de su participación en el matinal de TVN. Si bien se dio como argumento la no renovación de su contrato, quedó en el ambiente la idea de que fue echada por sus declaraciones. Posteriormente, a propósito de la polémica de las viviendas sociales de Joaquín Lavín en Las Condes, la panelista del “Bienvenidos” Raquel Argandoña nos regaló algunas “joyitas” que incendiaron la pradera: “los pobres son pobres porque son flojos”; “al chileno le gusta todo gratis” y otros “clásicos” señeros del repertorio clasista y siútico nacional.

Estos hechos nos llevan a dos preguntas difíciles de responder: 1) ¿hasta qué punto se puede aceptar o tolerar la incorrección política en los medios?; 2) ¿la libertad de expresión es realmente “a todo evento”, o hay ciertos temas en los cuales no se puede aceptar cualquier opinión?

Personajes políticamente incorrectos siempre ha existido en nuestra TV, y en todas las épocas. Se han manifestado de diferentes maneras: la mayoría con sus declaraciones, como Patricia Maldonado, Raquel Argandoña, Yerko Puchento, María Luisa Cordero, Pamela Jiles, el difunto Eduardo Bonvallet y Fernando Villegas; otros de forma artística, como el actual diputado Florcita Motuda; y otros con su estilo de animación, como Don Francisco y Kike Morandé. Programas como el “Jappening con Ja” y “31 Minutos” surgieron a partir de una mirada crítica al status quo televisivo, y terminaron marcando época. Algunos pagaron su osadía con censura, persecuciones y salidas de pantalla. Es gente rompedora de esquemas, que logra provocar reacciones en la teleaudiencia, y que por lo mismo son extremadamente necesarios para el medio pues despercuden el ambiente, lo sacan de la zona de confort, los obligan a explorar nuevas ideas y, en último término, a progresar.

Y aquí viene el segundo tema: ¿hasta qué punto hay que aceptar la incorrección política? ¿Se puede definir una línea entre lo que es “opinable” y lo que no lo es en la cual exista un consenso generalizado? En particular, ¿fue censurada Macarena Tondreau por sus opiniones, o traspasó un límite al avalar conductas inaceptables? ¿Fue censurada la Doctora Cordero al ser echada de Chilevisión por sus declaraciones sobre el caso de Tea Time y su pareja?

Hay temas en los cuales parece haber consenso casi absoluto, al menos por ahora. Por ejemplo, nadie en su sano juicio podría hablar a favor de la pedofilia, los pedófilos y el abuso sexual. Hace más o menos una década Italo Passalacqua hizo declaraciones confusas al respecto que le costaron perder sus pegas en TVN y Radio Agricultura. Respecto a los casos de Herval Abreu y Nicolás López, los que han osado a hacer declaraciones tardías o con matices, aunque fueran razonables, respecto a la condena absoluta y lapidaria, han sido tratados de “tibios”, e incluso de cómplices.

Sin embargo, hay otros temas en los cuales hay claras discrepancias. En el caso de los ecuatorianos, nos guste o no las opiniones de Tonka Tomicic y Macarena Tondreau representan a un apreciable segmento de la opinión pública. Es más, si los hubieran matado, muchos habrían manifestado su complacencia. Para una buena parte de la población, la presencia mediática de Patricia Maldonado resulta inaceptable por sus opiniones favorables al gobierno militar, y consideran que debiera censurarse cualquier expresión de partidarios del régimen de Pinochet, tal como en Alemania se censura al que ose reivindicar el nazismo y a los que niegan el Holocausto judío. Muchos rostros han pagado carísimo comentarios o frases clasistas, racistas y sexistas, como el reciente caso de la comediante estadounidense Rosseane Barr.

Si nos retrotraemos al pasado, veremos que lo que se censuraba en esa época se tolera ahora y viceversa. En los años 80 las opiniones de defensores del entonces proscrito Partido Comunista, del gobierno de la UP y otros grupos de extrema izquierda recibieron incluso peor trato que los defensores de Pinochet en la actualidad. Que no los dejaran expresarse por TV era lo de menos. Los torturaban, mataban y/o hacían desaparecer. Hasta hace poco la Iglesia Católica tenía tanta raigambre y prestigio que adoptar una postura crítica en su contra, aunque fuera mínima, te podía significar perder la pega, como le pasó a Deborah Bailey en la Red en 1997 cuando la echaron de “Noche Serena” por criticar la censura de “La Última Tentación de Cristo”. Ahora, con su prestigio por los suelos por errores y horrores propios, le dan como bombo en fiesta hasta en Canal 13. En los años 80 la homosexualidad era tratada como si fuera una peste, y era material de preferencia para las rutinas de humor. Se llegaron incluso a hacer reportajes destructivos contra ellos en programas prestigiosos como la serie “Mundo” de Hernán Olguín o “Informe Especial”. Ahora se rechaza de plano cualquier expresión que pueda sonar violenta en su contra.

En otras palabras, no existe un consenso general en la sociedad respecto a qué es “opinable” y qué no lo es. Por otra parte, ¿existe alguna posibilidad de establecerlo, o al menos reglamentarlo a través de leyes? Difícil tema.