El fin de los fenómenos ¿y el comienzo de qué?

Ya no hay 40 puntos concentrados en un solo canal a las ocho de la noche. Eso habla de dos cosas: un público enfrentado a más opciones, y una opción que no ha logrado convencer a su público de quedarse ahí, donde siempre, a la misma hora y en el mismo canal.

Reviso los últimos reportes de rating en peoplemeter.cl: Lola oscila entre los 18 y 20 puntos, mientras las otras dos ni aparecen en el top ten. Mal. O no tan mal, pero fome. Una cosa es que los ratings bajen en Chile y en todo el mundo porque las opciones de entretención son cada vez más y la tele es sólo una de ellas, y otra es que apenas un producto dramático de toda la oferta destaque entre los programas más vistos. ¿En qué quedó la supuesta segmentación de las audiencias, si los éxitos son menos éxitos y los fracasos son más fracasos?

La cosa está rara: el semestre pasado las dos novelas de las ocho empataron, en un hecho inédito desde que Chile es Chile. Por su chicloso alargue y porque los últimos capítulos la rompieron, alguien pudo quedarse con la idea que Papi Ricky fue la triunfadora, pero durante la competencia efectiva ninguna se decidió a ganarle a la otra ni contó con muchos argumentos para hacerlo.

La única teleserie que la rompió -y que la ha roto desde Machos- fue Alguien te mira. Pero casi todos -me incluyo- llegamos tarde al fenómeno. Muy tarde para lo corta que fue. Y continúo pensando que fue más una serie dramática de temporada única que una teleserie. Más J.J. Abrams que Vicente Sabatini, digamos.

Igual me da gusto que ya no estemos para fenómenos. ¿Se acuerdan cuando uno llegaba al colegio, la universidad o el trabajo y TODOS comentaban el capítulo anterior de la teleserie ganadora de turno? ¿Cuando el estreno -siempre simultáneo- de las teleseries del semestre era un tema nacional? ¿Cuando, incluso, los que habían otorgado un voto de confianza a la teleserie perdedora, lenta y oportunistamente empezaban a cambiarse a la ganadora para no quedar fuera en las conversaciones de pasillo? ¿En qué momento se perdió todo eso? ¿Es bueno o malo que se haya perdido? ¿Habrá nostálgicos de esa era? Yo creo que es evolución y que habla de cómo hemos crecido como país. Y que todo se empezó a perder cuando TVN empezó a diversificar su producción, agregando teleseries juveniles y nocturnas a la clásica oferta de las ocho de la noche. Y se terminó de perder con el estruendoso fracaso de la ambiciosa Los Capo y la progresiva reducción de presupuesto, elencos y audacia que hemos visto desde esa temporada.

Imagino que, si a Los Capo le hubiese ido bien, todo el panorama telesérico actual sería distinto. Habría producciones con alto nivel de producción y grandes elencos, y el horario de las 8 no estaría al borde de convertirse en secundario, por debajo del de las 10. Pero no me atrevo a asegurar que los niveles de sintonía se habrían mantenido.

Es que es muy grande el porrazo. 20 puntos es una persona de cada cinco. En un país enano como Chile. ¿Qué está haciendo toda esa otra gente a las ocho de la noche? Entreteniéndose, seguro. 20 puntos no sólo quieren decir que hay más opciones, sino que hay mejores opciones. ¿Cuál es la reacción de la tele ante eso? La puerta A es “irse a la segura, cuidando a la poca audiencia y gastando menos plata”. La puerta B es “sorprender de manera suicida arriesgándose a desastres de la calaña de Piel canela” (claramente algo para lo que nuestros canales ya no están, por suerte). Pero debe haber una puerta C. Siempre hay una puerta C.

¿Sabían los canales que las audiencias iban a bajar? ¿Son culpables de eso o tienen una capacidad de adaptación maestra? ¿Da lo mismo que una teleserie saque 40 o 20 y lo que importa es que sea ganadora? Algo me dice que sí, que todas las anteriores y que sí, respectivamente.

Contrariando al lugar común de espectadores furiosos y guionistas quejumbrosos con proyectos rechazados, yo no creo que los ejecutivos de la tele sean todos unos idiotas. Sí creo que les cuesta más que un poco mirar a largo plazo. Y que les estresa el hecho de que haya tantos millones de dólares en juego. Por eso me los imagino leyendo mateamente publicaciones -o los resúmenes más que sea- sobre tendencias de comportamiento de audiencias y tomando decisiones en base a lo que pensaron esos sociólogos minuciosos y teóricos locos que saben más que ellos. Ahora todos sabemos que, en un mundo donde las opciones de diversión no son sólo cada vez mayores sino menos rígidas en su forma de ofrecerse, hay que reaccionar. ¿Querías ver Lost? No tuviste que esperar a que Canal 13 comprara la tercera temporada: ahí estaba el DVD, te lo vendían pirateado en la panadería de la esquina, podías bajar los capítulos de internet. ¿Heroes -jírous, no la otra- en Mega? ¿La primera temporada recién? Já. A esta última no me extrañaría que le fuera bien, siempre hay gente que llega atrasada a todas partes, pero que en este mismo momento haya gente bajando el noveno capítulo de la segunda temporada y urgiéndose porque la huelga de guionistas gringos los va a dejar sin nuevos episodios para ver demuestra que esto no es 1990, ni siquiera es 2000, ni siquiera es como era hace exactamente un año atrás. Desde que existe internet la forma de consumir televisión cambió radicalmente y va a seguir cambiando y es inevitable preguntarse para qué se angustian tanto con la tonterita de la televisión digital si parece que el modo de consumir tele va por un camino nada que ver.

Nuestros canales nacionales, siempre tímidos, han asumido lentamente esta realidad. TVN estrenó el primer capítulo de Alguien te mira -cuando ni se imaginaban el suceso que sería- en internet antes que en la señal abierta, y armó sus incipientes canales en YouTube con noticias actualizadas a diario y memorabilia de teleseries. Canal 13 hizo lo propio con los últimos capítulos de Papi Ricky. ¿Pero por qué no subir, por ejemplo, capítulos enteros o al menos compactos de Amor por accidente, como lo hace Globo con Malhacao y los canales gringos con sus series en Hulu.com, su propia versión de YouTube? ¿No es eso más efectivo para engatusar a nuevas audiencias que repetirla a las dos de la mañana, cuando toda esa gente normal está durmiendo?

Otra idea: ¿por qué no lanzar las teleseries en DVD apenas terminan de exhibirse y no 25 años después? ¿Cuánta gente estaría comprando Alguien te mira o Papi Ricky? Compran cualquier mugre que viene con el diario más tres lucas y no van a comprar una joyita como las aventuras de Julián García.

Podrán decirme que están explorando los nuevos negocios que responden a las nuevas costumbres, que ni los gringos se atreven del todo todavía, que están tan asustados como acá. ¿Pero por qué no ser más agresivos? ¿Por qué los argentinos han conseguido posicionarse en el mercado como lo han hecho vendiendo formatos, y otros no? Porque son agresivos. ¿Por qué ex-gigantes como Televisa ven tambalear su imperio? Porque no son agresivos. Ojo, no estoy entendiendo agresivo en el sentido antiético, despiadado y carente de nobleza que habitualmente se le da la palabra. Digo agresivo como la capacidad de romper huevos para hacer la tortilla: de ir a por lo que uno quiere, tomar el toro por las astas, de inventar algo que no existe, sacar a bailar a la mina rica de la fiesta y no quedarse ahí, “explorando”, mientras el maldito rugbista de siempre te la gana. De perder plata al principio.

Tenemos nuestras ventajas: Chile es el país con mayor penetración de banda ancha de Latinoamérica. Eso algo debe significar.

Los que me han visto dar la lata en foros desde principios de década saben que siempre he defendido la industria -y que me gusta decirle así, porque siento que se hace con profesionalismo- nacional. Y no por nacional, sino porque me parece superior a otras. Porque no se parece a ninguna otra. Ni a la brasileña -un padre al que matamos hace rato- ni a la colombiana -con la que nos han hermanado esos burócratas con alma de bibliotecario que creen que todo es clasificable en una planilla Excel-. Porque hay creativos que merecen brillar más que lo que brillan. Y porque, bueno, no soy nadie y quiero ser alguien y para eso tengo que tener una propuesta.

No sé si haya que recuperar esa importancia monumental y mediáticamente sobreinflada de los 90 -se me ocurre que no-, pero tampoco hay que bajarles el perfil a las teleseries hasta el límite de volverlas intrascendentes. Bueno, ya, ya, lo son por definición, pero hay que ganarle la guerra a los que quisieran verlas extinguirse. No por alguna razón políticamente correcta del tipo “son fuentes de trabajo”, “son la expresión popular de nosequ” o la horrorosa “son el teatro y el cine y la literatura de la gente pobre”. Simplemente porque las personas necesitamos que nos cuenten historias. Y hay muchas formas de contar historias. Y unas formas no tienen por qué imponerse a otras. A mí me gustan las teleseries porque me gusta la cosa episódica, porque estoy obsesionado con las relaciones humanas, porque adoro las cadenas de personas conectadas entre sí y cómo se van dando esas uniones -por eso añoro las historias con elencos grandes y varios núcleos, a la brasileña- y porque soy un poco mamón. Y un poco morboso. Lo que encuentro en una teleserie bien narrada y con personajes entrañables no lo encuentro ni en una sitcom ni en una serie ni en una película ni en un libro. Es un género único, con todas sus limitaciones y sus excesos. Y en Chile hay gente que se peina en él. Por eso, digo no al conformismo de los 20 puntos. Y también no a la desproporción de los 40, a la dictadura de la teleserie ganadora y a la alienación de todos viendo lo mismo. A menos que sea muy buena y realmente merezca ese nivel de impacto. Bien centro-centro. Ojalá vuelvan los fenómenos, pero que sea uno cada dos o tres años para que lo sigan siendo. Para que se noten. Para que envejezcan bien y puedan ser repetidos cuatro veces y la gente luzca su edición del DVD en la pieza, al lado del pack de 24, Seinfeld o alguna de cine arte austrohúngaro. Para ver en la calle a alguien con la polera de un personaje (vuelvo a avisar que quiero la polera de Juan Burro). Para que los clicks de YouTube sumen y la gente se pelee en los comments. Quizás esas fotos de realidad digan más que los gélidos números de ahora.